Dreams are renewable. No matter what our age or condition, there are still untapped possibilities within us and new beauty waiting to be born.

-Dale Turner-

lunes, 13 de septiembre de 2010

Caminito al cielo (Parte II)

by JamYerBlue
Un claxon lo regresó a la realidad y a su caminata vespertina. Volvió a fijarse en sus pasos fatigados. Francisco, estático, con los ojos grandotes, advirtió que un chofer gritaba toda clase de improperios. Con las manos furiosas lanzaba hacia atrás, en constante vaivén, disparos imaginarios de su pistola etérea. Panchito sonrió pícaro de nostalgia. Cruzó la pista. Sentado reposó el mentón en el dorso de ambas manos. El colérico conductor del taxi refirió algo sobre la madre de Francisco al marcharse. El muchacho, totalmente embobado, deseaba regresar y revivir aquel instante con la chica bonita. No importaba si fuese de día o noche, sólo quería tenerla frente a los ojos una vez más. Volver al golpecito de brazos entre ella y él. Chesuvida, si hubiese notado que bajaba tras de mí, tal vez, habría volteado. Me pudo haber reconocido. Sólo había pasado pocas horas desde que nos vimos frente a la disco de Barranco. Las manos de Panchito yacían enredadas en su dispareja barba. La noche se aproximaba en los reflejo contrastados de las ventanas en algunas vetustas casas. Mientras tanto en una esquina, Francisco persistía en la absurda idea de regresar el tiempo y cambiar su fortuna.
Una sombra tenue le relleno la espalda. Luego, se dibujo una esfera en el asfalto. Panchito volteó asustado. Palideció. Hol...Hola, Tiburón. ¿Qué tal? ¿Todo bien? ¿Cómo va el negocio? El macizo personaje se aproximó a Francisco y con actitud intransigente le fijó unos ojos perturbadores. A medida que el sujeto se acercaba a Francisco, su mirada languidecía. El delgado joven tembló y de un salto trató de evitar los ojos inquisidores de aquel elefante enano. Una línea de sudor cayó por la mejilla izquierda delatándolo.


El tiburón le alcanzó la mano. Panchito no sabía si ese gesto era un saludo o una cobranza. Otra línea de líquido le atravesó la cien y se descolgó en el mentón. Respondió con miedo al gesto acercando la palma sudada, pero el tipo estalló en risas al ver su respuesta. ¿Por qué sudas huevonazo? ¿Te estás meando de miedo por la cabeza? Já, crees que vengo a decirte ¿qué tal compadre? Díme huevón ¿Dónde esta mi merca? Mi encargüito...Francisquito. El joven sintió una insignificante chispa de ira. Odiaba ese diminutivo. Su perverso padre lo llamaba así cada vez que lo amedrentar ante la familia Salazar. Por eso huyó. ¿Dónde compraste mi paquetitos, Francisquis? Discúlpame tiburón, lo olvide, respondió F. Cómo que lo olvidaste. ¿Acaso crees que tengo tiempo de sobra, animal?, respondió la colosal figura. Pero, ya estoy yendo. Regresaré al toque y te lo entrego, Samuel. Los ojos del descomunal hombre brillaron en la calle y la escuálida figura de Francisco volvió a retroceder. ¿Cuantas veces te repetí, enano, que no me llames por mi nombre? Díme ¿Cuantas?, bramó el escualo de piernas cortas.


Francisco rodeo a la mole hablante y corriendo dijo que lo vería esta noche. Mientras sus palabras se perdían entre las carcajadas del tiburón, pensó en la chica bonita. Deseo que lo sacara de su propia mierda. Deseo que ella le pusiese los huevos en lugar correcto, como decía la abuela hace años mientras F lloraba sobre la bicicleta: Pon los huevos en la boca, aprieta y pedalea niño majadero. Así, tal vez. Era tiempo de no tener miedo. Era momento de no llorar más por mi soledad. Al menos, por ese momento, la chica bonita me da una fuerza extraña. No muchas, pero, ¿para qué sirven los sueños? Para tenerlos arriba. Bien arriba, donde nadie pueda tocarlos. Y uno, desde el fondo de la escalera, anhele alcanzarlos con cada escalón. F siguió corriendo mientras proseguía con monologo cerebral. Al otro lado de la ciudad, unas chicas repasaban sus vestiduras en el armario para la fiesta de la noche. Se reían alucinadas frente al espejo. Ambas en su viaje sicodélico marcaban el destino de Francisco. El lugar a donde llegaría.

Mefistófeles a las puertas del cielo (Parte I )

by JamYerBlue
Continuó su recorrido con las manos en los bolsillos. Sintiendo el aire violentarse contra él. Siempre con la mirada perpendicular a un punto infinito. No al horizonte. Más bien, para evitar al resto. Francisco, seguía pensando con el roce de aquel cuerpo. ¿A dónde tenía que ir tan rápido la chica bonita? ¿Por qué bajó velozmente del ómnibus? Quizás, olvidó algo importante. No importa. Lo mejor de todo fue que me tocó. ¿O yo la toqué a ella? No sé. Era cierto, las últimas dos semanas le habían sido esquivas al placer. Un desastre total. Un nuevo récord en la mediocridad del distrito. Panchito, perdió enamorada, celular, billetera y llaves en una sola noche. Un sábado antagónico al que todos esperan. Pero, no todo fue tan malo. El mismo día (o noche, para ser exacto) conoció a la muchacha. A la imagen más tierna que sus abatidos ojos pudieron recibir. Una fémina delgada. Una mujercita de facciones delicadas que se mostraba sobre la bulliciosa paleta de colores de Barranco. La chica bonita le regaló una mirada al flanquear su lado derecho. ¿Me siguió aquella noche? Francisco - que nunca tuvo la suficiente inteligencia para saber qué era lo bello- entendió, en un par de segundos, la inmortalidad del barbado en el cielo. Recordó las palabras de la abuela. Las mismas frases que repetía antes de almorzar: Diosito nos envía milagros y bondades. Agradece con un rezo esas alegrías que nos manda el señor. Francisco evocó la frase. Perplejo, clavando su estúpida mirada, dijo amén observando al cielo. O sea, sin quitarle los ojos de encima a la chica. Claro, para él y su obtuso cerebro, eran lo mismo. Se sintió extraño. Como si tuviese hambre de algo, pero sin ganas de comer. Un cosquilleo que le acojudaba y le dejaba la bocota abierta. Luego, el resto es historia conocida. Rodeado por cinco tipos en el fondo un baño, Panchito quedó calato en un dos por tres. Al llegar a la puerta del pub, sin pertenencias fue recibido por su noviecita Andrea, quien siguiendo los contorneos de un moreno, bailaba salsita brava y le relamía la bemba al cocodrilo por enésima vez. Su enamorada canturreaba: Ya para qué y de pasadita le destrozaba el corazón a Panchito. No quedó otro remedio. Era tiempo de regresar, a pesar que, en esa corta noche, el reloj del parque dictaminará la una aeme.