by JamYerBlueUn claxon lo regresó a la realidad y a su caminata vespertina. Volvió a fijarse en sus pasos fatigados. Francisco, estático, con los ojos grandotes, advirtió que un chofer gritaba toda clase de improperios. Con las manos furiosas lanzaba hacia atrás, en constante vaivén, disparos imaginarios de su pistola etérea. Panchito sonrió pícaro de nostalgia. Cruzó la pista. Sentado reposó el mentón en el dorso de ambas manos. El colérico conductor del taxi refirió algo sobre la madre de Francisco al marcharse. El muchacho, totalmente embobado, deseaba regresar y revivir aquel instante con la chica bonita. No importaba si fuese de día o noche, sólo quería tenerla frente a los ojos una vez más. Volver al golpecito de brazos entre ella y él. Chesuvida, si hubiese notado que bajaba tras de mí, tal vez, habría volteado. Me pudo haber reconocido. Sólo había pasado pocas horas desde que nos vimos frente a la disco de Barranco. Las manos de Panchito yacían enredadas en su dispareja barba. La noche se aproximaba en los reflejo contrastados de las ventanas en algunas vetustas casas. Mientras tanto en una esquina, Francisco persistía en la absurda idea de regresar el tiempo y cambiar su fortuna.
Una sombra tenue le relleno la espalda. Luego, se dibujo una esfera en el asfalto. Panchito volteó asustado. Palideció. Hol...Hola, Tiburón. ¿Qué tal? ¿Todo bien? ¿Cómo va el negocio? El macizo personaje se aproximó a Francisco y con actitud intransigente le fijó unos ojos perturbadores. A medida que el sujeto se acercaba a Francisco, su mirada languidecía. El delgado joven tembló y de un salto trató de evitar los ojos inquisidores de aquel elefante enano. Una línea de sudor cayó por la mejilla izquierda delatándolo.
Una sombra tenue le relleno la espalda. Luego, se dibujo una esfera en el asfalto. Panchito volteó asustado. Palideció. Hol...Hola, Tiburón. ¿Qué tal? ¿Todo bien? ¿Cómo va el negocio? El macizo personaje se aproximó a Francisco y con actitud intransigente le fijó unos ojos perturbadores. A medida que el sujeto se acercaba a Francisco, su mirada languidecía. El delgado joven tembló y de un salto trató de evitar los ojos inquisidores de aquel elefante enano. Una línea de sudor cayó por la mejilla izquierda delatándolo.
El tiburón le alcanzó la mano. Panchito no sabía si ese gesto era un saludo o una cobranza. Otra línea de líquido le atravesó la cien y se descolgó en el mentón. Respondió con miedo al gesto acercando la palma sudada, pero el tipo estalló en risas al ver su respuesta. ¿Por qué sudas huevonazo? ¿Te estás meando de miedo por la cabeza? Já, crees que vengo a decirte ¿qué tal compadre? Díme huevón ¿Dónde esta mi merca? Mi encargüito...Francisquito. El joven sintió una insignificante chispa de ira. Odiaba ese diminutivo. Su perverso padre lo llamaba así cada vez que lo amedrentar ante la familia Salazar. Por eso huyó. ¿Dónde compraste mi paquetitos, Francisquis? Discúlpame tiburón, lo olvide, respondió F. Cómo que lo olvidaste. ¿Acaso crees que tengo tiempo de sobra, animal?, respondió la colosal figura. Pero, ya estoy yendo. Regresaré al toque y te lo entrego, Samuel. Los ojos del descomunal hombre brillaron en la calle y la escuálida figura de Francisco volvió a retroceder. ¿Cuantas veces te repetí, enano, que no me llames por mi nombre? Díme ¿Cuantas?, bramó el escualo de piernas cortas.
Francisco rodeo a la mole hablante y corriendo dijo que lo vería esta noche. Mientras sus palabras se perdían entre las carcajadas del tiburón, pensó en la chica bonita. Deseo que lo sacara de su propia mierda. Deseo que ella le pusiese los huevos en lugar correcto, como decía la abuela hace años mientras F lloraba sobre la bicicleta: Pon los huevos en la boca, aprieta y pedalea niño majadero. Así, tal vez. Era tiempo de no tener miedo. Era momento de no llorar más por mi soledad. Al menos, por ese momento, la chica bonita me da una fuerza extraña. No muchas, pero, ¿para qué sirven los sueños? Para tenerlos arriba. Bien arriba, donde nadie pueda tocarlos. Y uno, desde el fondo de la escalera, anhele alcanzarlos con cada escalón. F siguió corriendo mientras proseguía con monologo cerebral. Al otro lado de la ciudad, unas chicas repasaban sus vestiduras en el armario para la fiesta de la noche. Se reían alucinadas frente al espejo. Ambas en su viaje sicodélico marcaban el destino de Francisco. El lugar a donde llegaría.