by JamYerBlueAbrió la llave de la ducha, y de un sobresalto, le asustó el frío matutino. Asomó temerosa por la ventana una luz suavecita. Sabía que Daniel le vigilaba con lujuria. Pero, para sus cansinos 80 años de roedor era casi una labor titánica levantar esa nariz rosácea. Ni el ruido del agua al caer lo levantó de su escondite entre rizos de madera. Una figura desnuda salió sin cerrar la puerta para que el ratón despertase de una buena vez. Katrina se envolvió dentro de la sábana y las gotas rodaban moribundas hacia cada poro de algodón. Ese día no se afeitó nada. Quería mantenerse natural. Quedarse con el aroma de él. De él. Nombre curioso para un sujeto que sólo vio una vez y, que quizás, nunca volvería a ver. Eran las 9 de la mañana, pero ella, ya fumaba un porro. Salió de prisa con el cabello suelto y mojado. Con el ceño fruncido, atisbando todo a su alrededor. Buscándole un sentido a los pasos. El ladrido de Toby le taladro el aspecto adusto y las ondas de vodka en su estómago se agitaron haciéndola tambalear. ¿De quién pudo ser aquellas manos tan suaves? ¡Perro de mierda!. El can continuó con el concierto de gruñidos tras la reja.
Recorrió la avenida en silencio, tratando de evitar a los odiosos vecinos que regaban los moribundos jardines. Para ella, ese acto siempre le pareció algo estúpido. Darle agua a un grupo de tallos y hojas. ¿Acaso los vecinos no entendían que el mugroso de Toby al final del día destrozaba todo con una vehemencia diabólica? Además, ¿Qué tipo de vecino le pone de nombre a un perro enjuto y desdentado, Toby? Desgraciado pulgoso. Ya me las pagarás lo de la otra noche. En el carro, Katrina cubrió las marcas de resaca con unas enormes gafas.
En la última fila de la línea B yacía una joven de 18 años con el cabello como cola de caballo, una cinta negra cruzándole el borde de la frente y el inicio de sus castaños rizos atados. El cuello diáfano invitaba a pecar sobre las siluetas libres y encorvadas. Y seguramente, por alguna razón divina, sus hombros y demás partes restante fueron cubiertos por esa mancha negra. Un polo oscuro con inscripciones borrosas le abrigaba los hombros y terminaba ensuciando lo magnifico de sus caderas. El apartado de cuerpos (inútilmente colocados en ese lugar) dificultaba ver el resto. Quizás, existieron unos yines azules. O negros. Esos también, seguramente, ensuciaron sus perfectos muslos. No lo sé. ¿Lo sabré? Diablos. Aquí debo bajarme.
Katrina miraba con desgano el venir de las casas enladrilladas. Cuando regresó en sí, bajó raudamente del bus casi a empujones. En la puerta de descenso golpeó sin ver a un muchacho flaco y de barba hirsuta. No se disculpó. Una vez abajo, decidió quitarse los lentes del rostro. Su mano derecha abanicó por dentro el bolso. Encontró otras gafas. Eran más enormes. Había sol, pero no calentaba. La joven se colocó las otras y en un instante adoptó el perfil de estrella pop británica. Caminaba contorneándose. Cimbreando los pliegues con sensualidad, pero sin querer llamar la atención de nadie. Empezó a fumar con desesperación. Tal vez pudo ser confundida como dama de compañía. Pero, era seguro que al primer incauto le voltearía la cara. El cielo se llenaba de nubes y cada rayó de sol moría lentamente. K parecía cansada. No tenía a donde ir. Al menos no por ese entonces.
Observó que de la acera de enfrente, cruzaban varias monjas cabizbajas. Como si continuasen una oración eterna. Hace tanto que no pisaba la capilla. No recordaba el francés y el olor rancio de sor Juliette. No supo más de ella desde el verano del noventa. Aquel estío en que Sofí besó a la negrita y corrío como si hubiese matado a alguien. ¿Tanto tarda mi vieja? ¿Cómo cree que pagaré la renta de la habitación? La tarde agonizaba en sus colores violetas entrantes al rojo morado óxido citadino. Sentada al borde de la vía, el sonido de un auto la sacó de su ensimismamiento. Del Audi r8 bajó una dama con prendas claras. Despedía una fragancia a flores que, seguramente, nunca vería retoñar capullo alguno en tierras tan tenaces como estas. Katrina se acercó y la señora en el acto soltó un papel. K lo cogió en el aire mientras intentaba decir algo, pero la mujer ya había regresado al lado del fornido hombre en el volante. El crujido del bólido fastidió a K que, con los ojos clavados en la parte trasera del auto, sonreía. Adiós, mamá. Que hoy te follen bien. Que yo, también, intentaré conseguir lo mismo. Descolgando la cartera del hombro, buscó el celular y marcó con facilidad el numeró de F. ¿Aló Ferni? Sí…Claro…Sí, llama al tiburón… ¡OBVIO! Trae todo, enana.
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